-¡Mataste a mi hermano!
-¡No, eso no es verdad!
-¡También te acostaste con mi hermana!
-¡No!
El resto de la obra es inteligible, pero las líneas siguen siendo despachadas con gran emotividad, como si realmente hubieran fallecido sus hermanos.
-¡Ah!
Los tres entran en acuerdo, asienten y voltean a ver a sus guiones. El señor de la banca voltea hacia el cielo, apreciando su color rosa, sus estrellas tímidas. Se prende el alumbrado público. La sombra de mi pluma empieza a aparecer sobre la hoja.